El vestido floreado

– ¿Sientes ese olor?

– ¿Qué olor?

– Olor de muerte. Estará aquí dentro de poco.

Apreté los párpados con más fuerza. Tan fuerte como si quisiera meter mis globos oculares dentro de mi cabeza. Estaba toda empapada del sudor frío. A pesar de ello, no quería despertarme. Este sueño, aunque era una pesadilla horrible, me permitía hablar con mi marido.

Mi marido ya no estaba. No podía sentir su materia. Tocarle ni sumergir mi boca en sus labios. No podía abrazar a su piel blanda. Pero podía hablar con él. No quería hacerlo en el mundo real para no parecer loca. Por eso dormía. Dormía tanto, cuanto podía.

– ¿Recuerdas el día de tu nacimiento?

– Claro que no, Cariño. Era demasiado pequeña para recordalo.

– ¿Te parece que si ahora soy lo suficientemente grande, recordaré el día de mi muerte?

La enfermedad de mi marido salió de la nada. No estabamos preparados para ello. Nadie de la familia esperaba tales noticias. Los médicos enunciaron, emitieron un veredicto. Asumieron de antemano que no podían hacer nada más. Las metástasis jugaron su parte. Nos ordenaron esperar un milagro. Solo que, en el caso nuestro, este milagro sería la muerte.

Al principio la enfermedad, el veredicto, todo ello…fue un tabú para nosotros. Intentábamos vivir normalmente. Fingir que no había pasado nada. Pero los dos nos enredamos una trampa llamada la felicidad ilusoria. Yo veía como mi marido empezaba a abandonarme. Él veía que yo no podía reconciliarme con ello. A pesar de eso, no confesábamos nuestros sentimientos. ¿Por qué? Porque eso significaba para nosotros acceder a aquel escenario. Pese a ello, seguir con esta lucha interna no tenía sentido.

– ¿A ver si allá, al otro lado, me dejarán visitarte de vez en cuando?

– Para, por el momento estás aquí. Te recuperarás y me cuidarás desde aquí.

– No tengas miedo, no te voy a asustar por las noches si querrás arreglar tu vida con otro.

El que incitaba estas conversaciones sobre la enfermedad y la muerte fue mi marido. No tenía mucho por perder. Yo, al principio, me estremecía al oír la palabra muerte. Detectaba en esta palabra algo muy ajeno y desagradable. Algo sobre que no tenía control y provocaba en mi pánico por no poder pararlo. Con el tiempo pasamos a aceptar aquel estado. Se volvía una persona para nosotros, que tenía que venir, llevar a mi marido a otro lugar y guardarle allí hasta que ella pueda volver por mí. Sé que parece infantil imaginar así el final. Pero así. Empezamos a creer que la muerte es un estado pasajero. Al otro lado nos esperaba algo mejor que aquí.

– ¿Me prometerás algo?

– Claro, Cariño.

– El día de mi muerte te pondrás aquel vestido floreado en el que te adoro. Me gustarás mucho en él.

– Me lo pondré.

Estas palabras las intercambiamos un par de días antes de su muerte. Dicen que uno puede sentir muchas cosas. Las mujeres sienten que están embarazadas. La gente siente si es un amor para toda la vida. Las personas que están enfermas sienten cuando se apagan. Así es el orden de las cosas.

Mi marido murió sufriendo muchísimo. No funcionaban ningunos analgésicos que hasta aquel momento prolongaban su comodidad de existencia. A pesar de sentirlo mucho, me puse el vestido prometido. Sabía que era su muerte, no la mía. El derecho a sufrir tenía él, no yo. Yo podía solo echarle de menos. No quería sufrir por su partida. Habría sido egoista.

El anhelo resulta más fuerte. Por eso a menudo me acuesto inmediatamente cuando se hace de noche. Me levanto cuando tengo que hacerlo. Oigo de otros que debería empezar a vivir mi vida. Pero yo creo que esta vida es solo una parada. Y nos encontraremos pronto. Así que no puedo olvidarle ni para un rato.

 

 

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